jueves, 22 de mayo de 2014

Conchas peludas

Yo vengo de un mundo gobernado por hombres. Posiblemente ésto siga así toda la vida, es lo más seguro. A veces me equivoco, pienso que fue una injusticia que se gestó en cinco minutos, culpo a la sociedad capitalista, pero ésto viene del inicio de los tiempos, desarrollándose. Viene de nuestros antepasados, viene incluso de los animales de los que hemos evolucionado. 
El concepto de lo justo y lo injusto me perseguirá por el resto de mi vida y moriré sin saber las respuestas, refugiándome en el absurdo, pero a veces me resisto a pensar que el dolor que siento no tiene importancia. Me resisto a pensar que el dolor de mis pares es vulgar y me resisto a ver las sombras rojas, ya sean líquidas o de mil grados.
Quiero escribir muchas cosas, pero temo perder el supuesto hilo conductor. Deberé pedir perdón de antemano, como si la palabra le ganase a lo demás. Nosotros nos damos cuenta cien perdones tarde, cuando ya nada se puede revertir ¿Será problema de los oídos? Jamás sabré cuántos perdones han aguantado en el silencio, jamás seré capaz de reconocer una ínfima acción en la cinta magnética que llevan.
Desarmado, ¿qué otra cosa nos queda más que la retirada? Tanta guerra hay en nuestros genes que ni acercarnos a dar una caricia podemos, si terminaremos lastimando; lastimando a esos ojos que ya no aguantan más.
Si acaso no fue suerte lo que nos coloca en estos días, sino el elemento más importante, la fuerza, significaría un error el considerar a ambos sexos igual de fuertes. Pero las reglas con las que nos hemos medido desde el inicio están gastadas, ya son obsoletas. La culpa de los seres modernos no es suprimir y cosificar a la mujer, sino olvidar la capacidad que tiene de terminar con ese estilo de vida. Por supuesto que la diferencia de género viene de nuestra naturaleza más primitiva, lejos de cualquier prejuicio contemporáneo, que no es acto consciente, sino instinto arraigado, pero es una vergüenza mantener a la mente en el piloto automático por el resto de nuestra existencia.
Las eras han exigido cambios y han permitido libertades. Las luchas frenéticas han causado muertes y los tiempos en reposo también. El río debe fluir, al igual que las personas, ¿pero acaso no hemos debido limitar ciertos actos que consideramos excesivos alguna vez? Y sólo fueron una arbitrariedad, que se ha modificado con todos los tipos de lunas que han existido.
Los seres desean ser felices, desean ser vistos como buena gente pero les molesta que les exijan más de lo que está en su pequeño radio de alcance. Por eso pide la libertad y rechaza los cambios, no porque no los considere necesarios, sino porque se siente cómodo en el reposo.
Los fundamentalismos estarán siempre mal, los ríos deben fluir. Las luchas frenéticas serán siempre contra seres, pero serán realizadas por otros seres ¿qué les hace creer que poseen la verdad? ¿Qué decreto divino les dio la fuerza para fertilizar la tierra con sangre?
Pero los días ya piden revisar el decreto de las cosas. Ya han pasado suficientes tormentas, seguramente pasarán más.
No soy mujer y jamás seré madre. No todas las mujeres lo serán ni deberán serlo, pero definitivamente yo jamás podré. Jamás viviré un momento en el que durante las veinticuatro horas del día, estaré acompañado, sin importar qué suceda, habrá otro ser junto a mí. Jamás seré una mujer que lleve adentro vida. Soy hombre y cargo muerte. Soy hombre y soy más fuerte que una mujer con la misma historia que yo. Así será siempre, de otra forma temeré. De otra forma inventaré la forma de apagarte. Te daré sentido en la belleza externa, te depilaré y te pondré tacos, aunque yo jamás haga esas cosas. Te exigiré que seas siempre linda, que cuides de mi casa y que me hagas sentir importante. Cargarás mis hijos y los deberás cuidar, así me aseguraré de que no ganarás lo mismo que yo. Me serás fiel, jamás me abandonarás. Pobre de vos si así no fuese. Me encargaré de que sea así: pobre de vos.
Suena fuerte, pero no te asustés, no será un golpe tan rápido, no serán cinco minutos de injusticia. Te criaré como princesa, encerrada en tu torre, esperando que un hombre te rescate. Te compraré juegos de cocina, muñecas delgadas y bebés de juguete para que vayas aprendiendo. Crecerás ya programada y naturalizarás mis atropellos, me dejarás fluir como un río.
Así serán tus días y sonreirás cada ocho de marzo, cuando yo te escriba un mensaje deseándote feliz día.

La Tierra es plana

Una vez leí un artículo que decía que la Tierra era plana. Que en el centro se encontraba el Polo Norte y que el Polo Sur era un muro que rodeaba los extremos del planeta con forma de plato. Decía además que el sol y la luna eran cuerpos extremadamente diminutos, del tamaño de Uruguay, quizás, que giraban sobre la Tierra a una pequeña distancia. También hablaba del resto del espacio, simple decorado de nuestro hogar.
Jamás le di importancia al texto, era uno más de esos que suelen hablar de las conspiraciones de la ciencia y de los grandes poderes políticos. Me resultaba cómico que se volviese a la idea de que todo giraba en torno a nosotros y aquella vieja creencia de que el mundo era un lugar llano.
Imagine vivir en un lugar plano, en un lugar donde usted es lo más importante, que el resto de los espacios en el espacio no tienen espacio en el espacio de la importancia. Imagine qué extraño sería eso y se estará imaginando ser un personaje literario. Sólo así podría considerar la teoría.

Miniatura

Pequeña miniatura del día,
te vas a ir como todas las cosas
y no puedo ocultarlo,
me golpeará el corazón.
Quizás te sonría para taparlo,
quizás te diga que así es la vida,
que todos debemos separarnos
pero en realidad no querré que sea así.

Pequeña miniatura del día,
te queda tan poco en este momento,
sé que sonará un poco infantil
pero ojalá las cosas no terminasen tan pronto.
Si lo supieras te burlarías,
harías algo para que yo sonría
para que yo me olvide de todo un rato
y cuando me quede dormido a tus pies,
seguramente ahí aprovecharías para irte,
para no tener que aguantarme a mí llorando.

Sí, así será.

Del otro lado de las montañas

En mi pueblo hay una regla: no cruzar el cordón montañoso. Nunca supe bien cuál era la razón. Los viejos del sur decían que del otro lado, las estrellas se caían con mayor frecuencia y mataban a todo aquel que caminase por allí; los del norte no culpaban al cielo, sino que decían que del otro lado habían seres oscuros, hechiceros verborrágicos, que confundían a sus víctimas para robarles la piel. En los libros decían otras cosas, que variaban del año de la edición o de la traducción utilizada. Lo cierto es que durante años, la gente de mi pueblo aprendió a temer a esa regla, sin siquiera saber cuál era el verdadero motivo.
Nunca recordaré qué día fue, es la parte mala de no conocer lo que sucederá con el correr de las horas, pero estoy seguro de que no estaba lloviendo y que había mucho viento. Yo me había levantado sin ganas de ir a ver a mi profesor para mi lección de cacería y decidí esconderme en el bosque, para que nadie me molestase durante algunas horas. El olor de las hojas no era fuerte, por eso puedo asegurar de que ese día no llovió, pero las raíces crujían, como si se fuesen a desprender de la tierra. Quizás eso sucedió, porque a pesar de pasar muchas tardes en ese lugar, en un momento me encontré perdido. Caminé intentando identificar una gran roca o un tronco viejo, pero nada me era familiar. A lo lejos, escuché a unos caballos relinchar y luego pasar corriendo al lado mío, en dirección contraria a la que yo estaba tomando.
Me es imposible mentir, estaba asustado. Pero mi miedo no se comparó al que tuve unos minutos más tarde, cuando la vi tirada en el suelo. Reconocía su forma por los dibujos en los libros viejos, una figura pálida de manos y pies alargados. Era un ser del otro lado de las montañas. Quise correr, huir de ese lugar, pero mis pies no reaccionaban, yo apenas era un niño y ese ser se veía mucho mayor que yo, no tendría oportunidad de sobrevivir si me atacaba.
Lentamente, conseguí que mis pies se arrastraran hacia atrás y me empecé a alejar, pero me tropecé con una raíz y me golpeé la cabeza. El ser escuchó el ruido y dio un grito. Mis ojos empezaron a llorar, supuse que empezaría a embrujarme, pero no fue así. El ser volvió a gritar y lo hizo una vez más. Cuando comprendí que no era ninguna clase de magia, sino que estaba pidiendo ayuda mi cuerpo se calmó un poco. Las rodillas me seguían temblando, pero pude ponerme de pie e intenté observar lo que sucedía: el ser estaba herido. Un corte en el abdomen era lo que lo había dejado tumbado, casi en un estado terminal.
Tampoco puedo mentir acá, pensé en aprovechar la situación y huir. Pero lo cierto es que no pude. El ser volvió a pedirme ayuda en un idioma que yo no lograba entender, que sólo lo identificaba con ruidos y yo no pude dejarlo así. Lentamente me acerqué, primero con miedo, luego con simple cautela. Cuando me acerqué considerablemente descubrí que era una mujer. Ella me miró y en su cara no había miedo hacia mí persona, pero no puedo afirmar que no lo hubiese hacia alguien más. Me senté a su lado y quise poner mis manos sobre su herida, pero ella me las corrió con violencia. Quise explicarle que mi profesor me había enseñado técnicas de curación, pero no hablábamos el mismo idioma, aunque si no hacía algo, moriría ahí y no lo podía permitir. A pesar de su rechazo, saqué de mi bolsa unas hiervas, hilo y aguja y comencé a sanarla. Ella miraba con desconfianza, pero cuando vio mis intenciones se tranquilizó un poco. Para cuando había terminado, ella se había quedado dormida en el suelo.
Despertó una hora más tarde y se sentó al lado mío, intentamos comunicarnos y nos fue difícil al principio, pero luego descubrimos una gran cantidad de palabras que la gente ya no usa, pero que teníamos en común, así que lo conseguimos. Con cierta rusticidad me contó sobre su vida del otro lado de las montañas y yo hice lo mismo. Supe de su fascinación por el cosmos, por el mar y las plantas. Me contó que su pueblo era recolector de vegetales y por eso sus manos eran tan largas y yo le dije que nosotros cazábamos y por eso siempre teníamos miedo y moríamos jóvenes.
Lo malo de no saber qué pasará con el correr de las horas es que no te podés preparar. De haber sabido que quienes la habían lastimado eran cazadores de mi pueblo, que me habían visto a mí meterme en el bosque y que habían usado a nuestros tigres de caza para seguir mi rastro y "protegerme", no nos hubiesen encontrado tan fácilmente. Por suerte mi profesor me enseñó a trabajar mi oído y pude escucharlos en la distancia y advertirle a ella para que huyera del lugar, así que cuando llegaron, sólo me encontraron a mí, que fingí no haber visto nada.
En esta parte tampoco puedo mentir, no la volví a ver. La mujer desapareció entre los bosques y supuse que había vuelto a su lado de las montañas. Hoy ya soy un hombre mayor, o por lo menos lo que la gente de mi pueblo llama así, ya han pasado muchos años desde que sucedió ese encuentro. La mujer seguramente ya ha pasado a mejor vida, pero todas las noches me pongo a mirar las estrellas, pensando que quizás ella está haciendo lo mismo en este momento.

Flores para la Jenny

Me gusta regalarle flores a la Jenny, como que se pone de buen humor. Pobre, está todo el día cuidando a sus hijos y los tiene que llevar a todos lados, así que cuando me sobra alguna moneda, le compro una rosa y se la llevo. Total no están tan caras y esa plata me la terminaría gastando en alguna tontería.
A veces no están las que le gustan a ella y yo me pongo de mal humor. Termino comprándole un chocolate, pero no es lo mismo, se le nota en la cara. A ella le gusta ir caminando con ella en una mano y en la otra los cuatro pibes que tiene. Después, cuando llega a casa cansada, la pone en un vaso con agua hasta lo que dure.
A mí las flores no me gustan, tenés que regarlas, ponerlas al sol y ese tipo de cosas. Lo que me gusta es la iluminación en los ojos de la Jenny. Ella sabe que cada vez que le mando un mensaje para preguntarle si va a pasar por el laburo es porque le acabo de comprar una, pero no le importa, siempre las recibe con mucha alegría y eso justifica cualquier gastada que me hacen los viejos del playón.
Pobre, tantos tipos la han boludeado tanto. Si te digo, cada pibe suyo es de un loco diferente. Por eso no confía en nadie, no es conmigo la cosa, ya me lo ha dicho. Y a mí ni me calientan los enanos, me llevo bien, pero igual, ella prefiere estar sola y bueno, está bien. Mientras me siga sonriendo cada vez que le doy una de sus flores, a mí me basta.

¿Vieron?

Negro, bota, calle y centro.
Palabra, sabor y público.
Lengua y esquina.
Sol, oscuridad, público y sabor.
Túnel, sabor, gente y saltos.
Túnel y esquina.
Adios.

Sin título

Mil nueve noventa y siete,
año del niño y de la lluvia:
Es verdad,
ya no nos queríamos como antes,
pero cuando la tormenta amenaza
casi no hay tiempo para despedidas.
El abrazo resultaba más fácil,
de vez en cuando un roce sugestivo,
pero qué lejos que estaban esos pibes que se acercaban con miedo,
dudando cada beso.
Al final, terminamos atados,
odiando esas sombras que tanto conocíamos.

jueves, 23 de enero de 2014

El día que Luis Alberto Spinetta me conoció

Alto, antes de que te ofendas, querido lector, debo decirte que el título no trata de evocar una imprudente falta de respeto hacia el músico argentino del Bajo Belgrano, ni tampoco hacer ese tentador chiste de evocar una imprudente falta de respeto hacia el músico argentino del Bajo Belgrano, no, tampoco. Pero debo mentirte -y no quiero- si dijiese que yo no lo conocía, ya que hasta ese día había escuchado muchas de sus canciones, había visto sus fotos y leído sus entrevistas, hasta lo había visto a él mismo, en vivo y en directo, en Velez, tocando Rezo por vos, con otro gran artista. Pero este cuento no trata de ese día de nuestras vidas (incluyendo la suya, lector, partiendo de la idea de que estaba vivo por el año 2009). No. Este cuento cuenta un cuento más interesante, que es el día en el que tuve el placer de ser conocido (y por lo tanto, experimentado, nutrido y hasta creado) por el señor Luis Alberto Spinetta.
Reirse al fin, que llover trae tanto frío. Uno comete el dedicado error de creer que ellos escriben para uno mismo. Pero es la magia de las artes, de cualquiera, ponerte cara a cara frente a la belleza y pensar que están solos en el mundo y eso me pasó a mí. Aunque quizás deba retroceder un poco para llenar esos huecos vacíos del entendimiento que otros saben manejar, pero que yo, pequeño relator, no podría hacerles frente de manera armoniosa con un do novena con quinta sostenida.
Al decir que el encuentro tuvo espacio un sábado 26 de Septiembre de 2010, posiblemente deba iniciar el día a día desde el domingo 19. Pero una canción de constantes reposos sería un insulto, una canción de autoayuda, de rima fácil y ni yo, incluso en mi calidad de pequeño relator, ni usted, querido lector, queremos eso. Detenerme en lo más mínimo, contarles las tardes que dejé de cantar a pesar de tener voz y cómo, como la secuencia de la corteza y el hacha, emerger victorioso esa semana, día a día, desde típica fiesta escolar, pasando por el momento de cumplir mis 18 años del sol, hasta llegar al evento.
Uno lo sabe, no sé cómo, pero lo sabe, quizás lo dicen los árboles, portadores de la verdad, incluso desprendidos del bosque, que tanto miedo da. Ese sábado, en el que finalizaba la mejor semana que había tenido en mi vida, sabía que me iba a encontrar con todo ese vendaval de luces rojas y verdes, sin saberlo realmente.
Imagínese, querido lector, apenas un niño adornándose de la emoción de ser conocido por aquel que no teme despertar y caminar en el aire, con los rayos.
Llegué al lugar adonde mi elemento me aseguraba que todo sucedería y sólo pude esperar. Pasaban tantas personas de pie, pasaban 200 años y nada. Él no aparecía. Pero yo sabía que era cuestión de esperar, esperar sabiendo qué esperar. Y llegó. De una nave blanca hecha en no lo sé, bajó rodeado de personas, que lo llevaban directamente hacia un lugar, sin posibilidad de una escala en mi pequeña persona que ni sombra podía dar.
Oh, querido lector, querido lector místico, si tan sólo yo no hubiese sido lo que siempre seré, un pequeño lector, quizás me hubiese llenado de coraje y le hubiese robado una mirada, unas palabras o al menos un color. Pero estaba inmóvil, siempre en la pared observándolo.
No obstante, no sería quien es, si no se comportara como quien es. Y así fue, en ese momento, Luis Alberto Spinetta, el padre de los diamantes de leche frenó su caminata y vino directo hacia mí. Hombre de luz, me sonrío, me saludó y tomó los discos que había traído el vulgar acto de firmarlos, como todo souvenir que apenas llega al treinta porciento de lo que vale ese instante. Imagino que lo hizo porque me debe haber visto desesperado: Pobre amor, llámenlo.
No me animé a decirle nada, perdí el tiempo pensando. Él me sonrío y se volvió a su entorno.
Yo me reacomodé y exploté de tanta alegría, de sentir tanta magia en un solo lugar, en ese momento en el que sentí que eramos él y yo y el resto, el resto no sé, no quería que me digan nada. Agarré mis cosas y simplemente me retiré del lugar.
Tardé más de tres años en comentar ese encuentro, quizás porque en ese instante comprendí que explicarle eso a alguien sería inútil.
Gracias, Luis, no te alejaste nada de mí.

miércoles, 22 de enero de 2014

No al tiempo azul, ligero instante agraciado.

No sé. Al final, nunca termino sabiendo nada. Todo este tiempo, este ritual de las almas a mí me deja sin formas de pensamiento. Acabo resignado a despedidas. Lo de siempre, supongo, no consigo comprender la esencia de las cosas. Inmensidad de violencia sobre mi persona, eso es lo que dejan sus estelas. Algo de melancolía y toda la sincera pena.
Y luego, todo ese momento de querer reconstruirle los brazos a la Afrodita, como si alguien quisiera. Otro acto inexplicable del hombre, el que terminó ejercitando sus ojos como forma para calmarse.
Todo lo que queda se explica en la violencia. Estalla la ausencia y estalla la angustia al encontrarse encerrado en la cámara obscura.
Adioses a los dioses. Mejor detener todo pensamiento. Otra vez será.
Siempre.

martes, 21 de enero de 2014

El signo de ella

No fuiste mi primer amor
Y qué bueno que así haya sido
Pues ayer era más torpe y malo
Y te hubiese lastimado mucho

Quizás vivamos en fortines
Amenazando avanzar pero temiendo hacerlo
Recubriéndonos en la novedad
Que como nuevo siempre sabe barrer

Allá, ella, recontando estrellas
Ya olvidó la naturaleza del sol
Condenándome a la muerte azul

lunes, 20 de enero de 2014

Mi ENEmigo de las calles

Ya sabés lo que se permite
y lo que puebla su sentido
su ordinario intelecto
Fanfarria sin viento de metal
Detenido en lo de siempre
la letra grunge, sal y gaseosa
Selección de caja de chinches
Rey de los topos resentidos
Mi enemigo de las calles

lunes, 13 de enero de 2014

Explíquese, tormenta

-¡Explíquese, tormenta! -le dije a la inmensidad oscura que me rodeaba.
Pero nada. Olas del mar prematuras que para nada desconocían su fuerza seguían ahí, moviéndose heterogéneamente, como una enorme masa dispuesta a ser algo más.
-¡Le exijo explicación! -volví a insistir, inflando el pecho, no como la innumerable cantidad de veces que lo había hecho en el pasado, al oler una deliciosa comida, al disfrutar de algún encuentro con amigos al aire libre o al llenarme del aroma de queridos dormidos. No, me lo llené como nunca antes me lo había llenado, exagerando un valor que carecía en lo absoluto, pero que necesitaba mostrar en ese momento, en la cima de la montaña, cara a cara con la tormenta.
-Prefiero no hacerlo -dijo ella y todo lo que tiene capacidad de ser suelo vibró, incluyendo mi espalda, aunque ya estaba implícito.
-¿A qué se refiere? ¡Le ordeno que lo haga!
-Evitemos obviedades.
Mi corazón se detuvo. La misma ira que me ayudó a escalar la montaña sin sufrir por los cortes en los pies por las rocas puntiagudas o en las ampollas de las manos, la misma ira que se había esfumado al estar solo frente a la tormenta, esa misma ira había regresado con más fuerza, hirviendo hasta las gotas de sangre que había dejado en el camino. Me concentré en un punto de la uniformidad de las nubes y grité con toda la fuerza que un hombre puede hacerlo.
-¿¡Qué clase de obviedad es ésta!? ¿¡Cuál es el chiste que me he perdido!? ¿¡En dónde yace la gracia de mi sufrimiento!?
Los movimientos de la tormenta calmaron. Parecía todo tan inmóvil que temí haber muerto, por un instante cometí el error de pensar que mi cuerpo era sólo dolor y que al expulsarlo todo en ese grito ya no existía más, que al fin había llegado mi descanso. Pero entendería todo a continuación, con la respuesta de la tormenta.
-Usted no lo recuerda, -dijo con mucha calma- pero ya nos hemos encontrado. Hombre es y no me extraña su olvido, aunque me genere desagrado.
-¿Qué quiere decir con que nos hemos encontrado? -pregunté totalmente confundido.
-Aunque no lo comparto, conozco su dolor, lo he visto en millones de hombres. Todos ellos recordando lo necesario para devorarse, para justificar sus actitudes más repudiables: me refiero al dolor. Antes de que diga algo, voy a explicarme mejor. Conozco su dolor, ya lo he visto, y ni en millones de hombres, lo he visto en usted, porque usted ya ha venido hasta mí, a la cima de la montaña, a insultarme en mi propio hogar. Pero no lo recuerda, porque yo he conseguido calmar su pena, mostrarle lo bello de sus días, he mostrado su fuerza y como tal cosa, usted ha decidido olvidarla. No quiere recordar su fuerza, que ya ha bajado de esta montaña dispuesto a revivir y lo ha conseguido. No quiere recordar su fuerza, pero incluso ahora ha podido escalar nuevamente la montaña. Sufra, hombre, sufra, pero no olvide nunca que esa es sólo una de sus cualidades. Sufra y grite si es necesario, baje la montaña y vuelva a renacer, como ya lo ha hecho varias veces, como lo han hecho muchos hombres. Sufra, grite, viva, pero no olvide todas las nociones de su mortalidad. No puede evitar mi existencia, soy una tormenta y debo atormentar, pero no olvide que así como las razones de este encuentro, es decir, la muerte de las cosas bellas, también padecen ese terminal destino, la soledad y el dolor. Sufra, grite, viva, recuerde y acepte. Volverá a sufrir, pero entenderá su sentido.
Cuando la tormenta terminó sus palabras yo ya me sentía completo. A diferencia de cuando estaba lleno de ira, ya no desconocía el dolor de mis pies y el de mis manos. Sentía mi rostro húmedo por las lágrimas y la mente cansada. Pero también sentía el viento refrescarme la nuca. Y también podía oler unas flores que bailaban a pocos metros de mí. Todas las partes de la vida me eran conocidas y aceptadas. Ni el dolor ni la felicidad estaban negadas en mí y cuando tuve que llorar, lloré y cuando tuve que reír, reí.
Estuve así un largo momento, hasta que la tormenta, ahora mi necesaria amiga, me dijo que era hora de bajar, y así lo hice, entendiendo las razones y esperando no volver a olvidarlas.

domingo, 12 de enero de 2014

Todo moño

Desvirtuar el nombre es la forma.
Conocer las hojas que siempre cuelgan.
Fijarse, las historias no se repiten todas.
Y unirse de entendimiento, silencio de cuadrada.

Todo moño nació nudo.
Sólo eso puedo decirte.
Intenté explicar mil años las cosas.
Pero me quedé en mi sentido.

Transformarse en escritura.
Salir a enamorar artistas.
Excitar órganos sexuales y mentes pensadoras.
Derrumbarse ante lo obvio y tristemente necesario.

Todo nudo fue insultado.
No te olvides de eso.

Devociones máximas

Seduce demasiado despedirme, como casi todas las cosas lindas de la vida. Emprenderse viaje y llenar la memoria de alimentos, de mesetas y de arrugas en la tierra. Sobre mí ya se ha escrito mucho, porque el coloquio confirma la dualidad. En la ventana respirando y yo respirando ¿Acaso importa la habitación contemporánea? Lo dudo, pues la vida no termina en la muerte ni empieza en la sangre. Grietas, no las de la piel, grietas en el tiempo, espacios fuera de lugar que confirman la otra existencia, la que importa, la dual.
Entonces ser tiene motivo, tiene instinto respiratorio, ensangrentado, en cualquier lugar, en cualquier cristal y de la mano mortal de cualquiera. Seré flora, floreciendo, independientemente del per cápita que atropelle la estancia fundamental.
Recuerdo, toda armonía se forma a partir del caos o de la tensión, que es lo mismo, pero así lo entendimos mejor.

domingo, 5 de enero de 2014

¿Por qué soy solo?

Siempre me pregunté por qué soy una persona solitaria. No es que el sábado a la noche me hiera en lo más mínimo, pero soy de esos que se preguntan todo y necesitan respuesta a todo. Mi novio se queja constantemente de que jamás salgo de la casa y mis padres se han cansado de pedirme que vaya visitarlos. No es que me molesten las personas, tampoco soy un gran admirador de la raza humana, pero no sé, tengo predisposición a estar solo.
Tampoco es algo de la edad, de hecho desde pequeño que doy indicios de mi naturaleza solitaria. Toda mi vida quise ser filósofo y un filósofo no puede filosofar sino en soledad. Alguno dirá que es necesario sufrir para pensar y seguro tiene razón, pero no quiero detenerme en eso ¿Cómo podría uno descifrar el porqué del alma estando atento a qué figurita te hace falta para completar el álbum y cuál tiene tu compañero de banco? ¿Cómo detenerse en el sentido de las cosas teniendo que sostener interés a lo que les sucede a Carla e Ivan, que hace un mes que se enteraron que van a ser padres y parecen dispuestos a tenerlo? Imposible.
Adherido a la libertad de mis limitaciones, decidí ser escritor, tarea totalmente solitaria. No conozco ningún libro que se pueda leer en óptimas condiciones leyéndole a tu pareja que se recuesta en tu pecho. No. Libro para librarse. Libro para estar solo, con las rodillas tocando los hombros, descalzo y arriba del sillón, releyendo instrucciones para cantar. Y después claro, a escribir. No existe otra forma de escribir que no sea cuando la puerta está cerrada, cuando Juan no tiene ganas de hablarme y sale con los chicos o cuando Mariana se cansa de pelear por el desorden y se encierra en su pieza. Ahí se escribe, cuando en la casa no queda nadie y las palabras, siempre tímidas, se muestran, temerosas a que alguien, siempre yo, las estampe contra una pared blanca con un martillazo lleno de tinta.
Pero eso no alcanzó, porque me hice cineasta. Y ría usted si piensa que ir al cine solo es algo ridículo, pero estará equivocado. Obvio, quizás es lindo ir de la mano hasta la sala, tomarse el 12 hasta el cine favorito, hacerse el galán y pagar las entradas, pero una vez dentro de la sala, es usted y la luz. Usted y Marlon o  Marilyn o Darin, no sé. Pero silencio. Ni vaya a hablar con quien tiene al lado porque arruina la magia. Silencio, que es lo mismo que soledad, o al menos las dos empiezan con la misma letra.
Vaya uno a saber porqué soy solo, frase tan tonta y que espero que pase pronto, que se vaya, que me deje solo de nuevo, porque así tengo tiempo para prepararme para cuando lleguen las sorpresas.
Sí, con ese.